viernes , 24 enero 2020
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Dejar la carne de golpe, el error que hace fracasar a muchos de los que buscan hacerse vegetarianos

Numerosas instituciones han alertado en los últimos años, desde diferentes ámbitos, sobre la necesidad inminente de reducir el consumo de carne, tanto por motivos medioambientales como de salud.

Por un lado, la Organización Mundial de la Salud (OMS) situó la carne roja en el Grupo 2A (alimentos probablemente cancerígenos) y las carnes procesadas en el 1 (alimentos carcinógenos para los seres humanos), lo que provocó cierta alarma social y dio lugar a la reducción del consumo de carne, una tendencia sostenida en los últimos años a nivel mundial.

En España, por ejemplo, según datos del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación que recoge el Informe del Consumo Alimentario, se consumió en 2018 un 2,6% menos de carne que en 2017, una cifra que ha ido a la baja de forma sostenida en los últimos siete años.
En Reino Unido, por su parte, un estudio realizado por la cadena de supermercados Sainsbury señaló que el 91% de los británicos está reduciendo activamente el consumo de carne no solo por motivos de salud, sino también por cuestiones éticas y medioambientales.

Los números de Argentina también son elocuentes: la cantidad de kilos por persona por año que en promedio consumíamos hace 19 años – según datos del Ministerio de Agricultura, Ganadería y Pesca- era de 65 kilos por persona. Hoy es de 51,4 kilos.

Del mismo modo, diversas agrupaciones ecologistas han alertado en los últimos años de la necesidad de reducir drásticamente el consumo de carne y lácteos para preservar la salud del planeta.

Según el reciente Informe sobre el Uso de la Tierra, divulgado el pasado mes de agosto por el Panel Intergubernamental de Cambio Climático (IPCC), una organización de Naciones Unidas, el alto consumo de carne vacuna, especialmente en occidente, está agravando de forma crucial la crisis climática.

Sobran los motivos, pues, para conmemorar el Día Mundial del Vegetarianismo, que fue este martes primero de octubre: El movimiento tiene cada vez más adeptos y lucha, entre otras cosas, por defender los derechos de los animales y la salud del planeta.

Pese a que son muchos los que intentan hacerse vegetarianos, también lo son quienes se quedan en el camino por las dificultades que supone a todos los niveles pasar de una dieta omnívora a una dieta vegetariana, tanto desde un punto de vista dietético como también de socialización. Lo explica Daniele Rossi, copropietario de Rasoterra, en Barcelona, un restaurante vegetariano de referencia adscrito al movimiento Slow Food.

A sus 50 años, Rossi señala: “Cuando me hice vegetariano éramos muy pocos y apenas había veganos, ya que había poca información y te cansabas de escuchar aquello de ‘si no me como un bife es que no he comido’. Ahora, sin embargo, gracias a Internet y a la popularización del movimiento animalista, parece relativamente sencillo pasarse directamente al veganismo, cosa que están haciendo muy bien las nuevas generaciones”.

Lo confirma la artista ecológica y activista vegana Nika López, que se acercó hace una década, de adolescente, al vegetarianismo “por innovar, por conocer cosas nuevas” y ha evolucionado a un veganismo activo “que cuestiona temas éticos, medioambientales, sociales, políticos y económicos desde un posicionamiento activo frente al sistema, cosa que habría sido imposible sin la cantidad de información a la que he tenido acceso durante los últimos años”.

Para Rossi, uno de los principales errores que cometen muchos recién llegados al vegetarianismo es que “siguen sin cuestionarse de dónde procede aquello que comen: no tener en cuenta el origen de los alimentos supone un impacto terrible para el planeta, y curiosamente, pese a la cantidad de información de que disponemos, todavía existen muchas personas que no se lo preguntan”.

Así pues, muchos superalimentos de moda en dietas veganas y vegetarianas, “desde el aguacate al anacardo, la quinoa o el açaí llegan desde la otra punta del planeta y eso no es sostenible. En mi opinión, para ser vegetariano o vegano es fundamental tener la mirada puesta en el territorio”.

​Consciente de que el discurso que ha mantenido desde que abrió su primer restaurante vegetariano en Barcelona –Sésamo, en el Raval, en 2001–, es complejo y en ocasiones incómodo, Rossi insiste en que no hay otro posible. “No tiene ningún sentido hacerse vegetariano por ética hacia los animales y consumir alimentos cuya producción comporta la destrucción de ecosistemas en otros lugares del planeta”.

Un buen ejemplo, según el cocinero, es la quinoa. “Es uno de los productos estrella del momento, y muchos no saben que quienes la elaboran se ven obligados a exportarla porque no tienen dinero para comprarla.

¿Es mejor comer vegetales que carne? Sin duda, pero sin olvidar que estamos cayendo en ciertos contrasentidos sobre los que cabría, cuanto menos, reflexionar”.

El nutricionista de Medicadiet, Álvaro Sánchez, lo repite como un mantra a todos sus pacientes, sean omnívoros o vegetarianos: “Las frutas, verduras y hortalizas de la dieta deben ser, sin excepción, de temporada y proximidad, una máxima que deberíamos grabarnos a fuego y no hacer ninguna concesión”.

En cuanto al veganismo, López señala que “es un camino largo, que requiere de un proceso complejo de reeducación y, sobre todo, de dar con los agentes adecuados para que nos acompañen”. Es por ello que muchas personas o bien abandonan el propósito de hacerse veganos o “simplemente no completan el proceso que se habían planteado inicialmente, se quedan a medias y eso les resulta frustrante”.

Para López, uno de los principales errores que cometen muchos de ellos es “tratar de llegar de golpe al veganismo o vegetarianismo, cuando lo más sensato es que sea un proceso gradual. Si estás acostumbrada a una dieta omnívora pasar de golpe al veganismo no solo puede ser complicado a nivel emocional y de socialización, sino también físicamente: puede que el cuerpo reaccione al retirar de golpe tantos alimentos”.

López recomienda, pues, hacerlo poco a poco: “primero estar un mes sin comer carne roja, después uno sin comer pollo, luego pescado, huevos, lácteos…, hasta llegar allí donde cada uno desee”. En este sentido, la artista y activista admite que otro de los errores que en ocasiones comete su colectivo es reprocharse unos a otros un nivel insuficiente de compromiso. “Ser vegano no es únicamente no comer animales.

Tampoco habría que vestir con ellos, ni tener materiales en casa de procedencia animal y, si vamos más allá, deberíamos cuestionarnos ciertas dinámicas sobre la producción de determinados alimentos, por muy veganos que sean, a escala global, como es el caso de los cereales y las legumbres”.

Tanto Rossi como López –representantes, en definitiva, de dos generaciones llegadas al vegetarianismo y veganismo respectivamente en diferentes momentos de la historia reciente– son conscientes de que su discurso, que cuestiona de forma transversal el sistema de producción de alimentos a gran escala desde un punto de vista ético, medioambiental, social, político y económico, no acaba de ser bien recibido entre una parte de la población.

Los omnívoros les acusan, en ocasiones, de ser excesivamente beligerantes, y es que, según López, “es cierto que en ocasiones nuestra certeza es tal, vemos tan claro que es necesario actuar para cambiar el planeta que podemos llegar a ser desagradables a la hora de expresarnos”.

La artista explica que en sus inicios como vegana ella misma llegó a incomodar a algunas personas de su entorno: “yo estaba en lucha, no podía abandonar la batalla ni un momento y esa agresividad procedía a menudo de la incomprensión que encontraba a mi alrededor. Recuerdo que llegaba a la cocina y le decía a mi madre que estaba llena de cadáveres”.

En la actualidad, López aboga por un veganismo activo y pedagógico, un lugar en que los nuevos veganos, sean cuales sean sus motivaciones a la hora de dejar de consumir productos de origen animal y sea cuál sea el lugar al que deseen llegar, se sientan seguros y arropados, y encuentren respuestas a las numerosas dudas que vayan surgiendo. “Ser vegano consiste en no dejar nunca de aprender, ya que al final es una manera de enfrentarse al sistema desde una perspectiva global”.

Rossi suscribe estas palabras. “El vegetarianismo es un movimiento que ha llegado para quedarse, y eso siempre es motivo de optimismo. En este panorama, los veganos son necesarios porque representan el extremo de la cadena: mediante militancia y proselitismo ellos nos explican un punto de vista que desconocíamos.

Que muchas personas se acerquen a este extremo y, tal vez sin llegar a él, se queden a medio camino y modifiquen algunos de sus hábitos es, sin duda, algo que tenemos que celebrar”.

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